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07 de Junio del 2018

AMLO: abrazos y beisbol

Corría el año de 1976 cuando el desastroso final del sexenio de Luis Echeverríacolocaba por primera vez al PAN con una posibilidad real de ganarle la presidencia al PRI.

Corría el año de 1976 cuando el desastroso final del sexenio de Luis Echeverría colocaba por primera vez al PAN con una posibilidad real de ganarle la presidencia al PRI.

Los capitanes de empresa de Monterrey, dolidos tras el asesinato de su patriarca don Eugenio Garza Sada y el estatismo echeverrista, tomaron por asalto el partido azul y financiaron la candidatura del panista Pablo Emilio Madero, un ejecutivo del Grupo Vitro, sobrino nieto de Francisco I. Madero.

El candidato priista José López Portillo olfateó el peligro y se sentó con los empresarios regios para decirles que él no era Echeverría. Y que les tendía la mano para proponerles un pacto, a condición de retirar a Madero de la contienda. Pactaron.

Lo temores se disiparon, el candidato panista se retiró de la boleta, la elección fue una mascarada con un solo candidato, el del PRI.

En los primeros días de su gobierno López Portillo fue hasta Monterrey en donde firmó con Eugenio Garza Lagüera y Bernardo Garza Sada la llamada Alianza para la Producción.

Aquellos empresarios críticos se tomaron de la mano del petrolizado gobierno lopezportillista y crecieron como nunca lo imaginaron. Y con ese boom vino el descomunal endeudamiento. La crisis de 1982, con la estatización de la Banca como colofón, terminaron con aquella luna de miel.

Esas imágenes vuelven a la mente, cuando se ven las escenas del encuentro de la reconciliación entre los grandes capitanes de empresa y Andrés Manuel López Obrador.

Por supuesto que el candidato de Morena dista mucho de ser un frívolo como López Portillo, pero en esencia hablamos de dos candidatos temidos y combatidos desde la cúpula empresarial y que acaban sentados, antes de la elección, fumando la pipa de la paz.

Eso, sin duda,  es bueno para México. Le favorezca o no el voto a López Obrador, hoy puntero indiscutible, las tensiones con quienes detentan el poder económicoamenazaban con repetir el fallido linchamiento con desafuero del 2006.

Bien por ambas partes que hicieron a un lado prejuicios y afrentas pasadas, para abrirle paso a lo que podría ser una transición armónica e inclusiva.

Aquellos que esperaban el quiebre final en un intercambio de acusaciones y reparto de culpabilidades fallaron. No cabían en su sorpresa cuando empresarios y candidato “de izquierda” salieron satisfechos de su aquelarre.

Más aún, se asombraron de que Claudio X. González Laporte, uno de los más acérrimos críticos históricos del candidato de Morena, acabara en un abrazo y conversando de beisbol con López Obrador.

Curiosamente en el epicentro de este episodio vuelve a aparecer otro empresarios regiomontano, Alfonso Romo Garza-Madero, curiosamente también sobrino nieto de Francisco I. Madero.

Pero habrá que esperar el desenlace, porque no se puede olvidar aquella famosa imagen del 2006 plasmada en las primeras páginas de todos los diarios, en la que López Obrador recorría la ciudad de México en un descapotad turibús.

Su entourage de entonces era los grandes barones del capital y de los medios de comunicación, Cardenal Norberto Rivera incluido. Una escena que provocó la ira en Los Pinos de Vicente Fox.

Paro al final del día, aquellos cariños empresariales acabaron acurrucados en apoyo a la causa de Felipe Calderón, con López Obrador tomando posición como jefe de la residencia en Paseo de la Reforma.

Por eso no hay que olvidar, dentro de tanta anécdota entre el candidato de Morena y los empresarios, que la política es como el beisbol. Nada está escrito hasta que se canta el último out.