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02 de Noviembre del 2018

Adrián de la Farsa

El pobre desempeño de Adrián de la Garza como alcalde de Monterrey se evidenció en su imposibilidad para reelegirse, en una elección que le arrebató a Felipe de Jesús Cantú
Adrián de la Garza es un político atípico. Alejado de los reflectores, introvertido, limitado y manipulado al antojo de su hermano Filiberto. Como procurador que fue de Nuevo León, nunca imaginó alcanzar con algunos padrinazgos la alcaldía de Monterrey. Su pobre desempeño se evidenció en su imposibilidad para reelegirse, en una elección que le arrebató -con mucho menos presupuesto y menores recursos- un mas curtido político y mejor ser humano llamado Felipe de Jesús Cantú. Por eso sacudió la decisión de último minuto –literal, al cinco para las doce de la toma de posesión- en la que la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación anuló la elección para la alcaldía regia. El desenlace vino después de tres decisiones en las que en primera instancia ganó el panista, luego en segunda se revirtió a favor del priista, vino el tercer revire para el panista y terminar en el “salomónica” nada para nadie. Una burla, si se recuerda que en la misma área metropolitana de Monterrey también se disputaron en tribunales otras alcaldías, como la de Guadalupe y la de San Pedro Garza García. Lo que se confirma detrás de la anulación de Monterrey es que a falta de los arreglos políticos y las concertacesiones de  los procesos electorales de antaño, hoy la “judicialización” es la alternativa para consumar la tranza y la componenda. Sobrarán por supuesto lo que digan que no hay que descalificar “a las instituciones”. Si de verdad lo fueran, ni hablar. Pero no lo son. Los ministros de estos tribunales electorales, tanto locales, como regionales y no se diga el federal, son instalados después de largas mesas de negociaciones entre los partidos políticos. Y acaban como “empleados” a modo, operando para los colores, no para los ciudadanos. Y para muestra de ese corporativismo político nefasto, ahí tienen los jaloneos de ayer en el Congreso de Nuevo León en el que las mafias partidistas se dedicaron a boicotear al regiomontano que mejor consensuaba para ocupar la presidencia del Concejo Ciudadano, durante los 60 días que tardará la nueva elección. El ciudadano Artemio Garza, un regiomontano ejemplar, apartidista, empresario y solidario en innumerables causas sociales, era apoyado por la mayoría de los partidos. Pero alguno de la mafia política lo rechazó porque “no es confiable”. Eso , traducido en su lenguaje es: “no sería un empleado al servicio de nuestros intereses”. Y con mucha dignidad Artemio prefirió decir paso. No sería títere de nadie. Eso sucede cuando esas mafias políticas, como la que comanda Raúl Gracia, convierten a su partido, en este caso el PAN, en una maquinaria de intereses que le da servicio al mejor postor. Triste papel el de un panismo nuevoleonés, pionero de la oposición en México, el acabar desplazando a sus líderes fundacionales para dejar el partido en manos de inescrupulosos traficantes de influencias. Ya podemos sospechar que quien sea aceptado como el alcalde interino de Monterrey será una marioneta a la que le jalarán los hilos terceras manos. Y aunque sean 60 días, algún negocio sacarán con jugosa tajada. El priista Adrián de la Garza está en aprietos. Y a menos que sus padrinos locales y nacionales le inyecten recursos, el pronóstico es que el panista Felipe de Jesús Cantú repetirá su victoria. Aunque por ahí se asoma ya un tercero en discordia. El del petista Patricio “Pato” Zambrano quien con el posible apoyo también de Morena podría superar con creces sus 115 mil votos de la pasada elección. Por ahora la mitología del alcalde Adrián de la Garza fue sepultada y su honra no puede ser salvada con un fallo de anulación cocinado a última hora. Lo que sucedió en Monterrey será recordado en los anales de la justicia electoral como El Caso de Adrián de la Farsa.