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14 de Agosto del 2019

A rezarle a Rosario

La defensa de Rosario Robles ha decidido implicar a José Antonio Meade y a Enrique Peña Nieto en el caso de la Estafa Maestra. Y podrían venir más nombres como el de Luis Videgaray o Miguel Ángel Osorio Chong.
En su juventud, Rosario Robles era una sindicalista de izquierda, de corte maoísta, de aquellos líderes rebeldes que transitaron por la facultad de Economía de la UNAM el post 68.   Su despunte político lo vivió en 1989 cuando se instaló como una de las fundadoras del PRD, que la llevó a una diputación federal en 1994.   Sin lujos, con una casa en Coyoacán, un modesto auto y pocos ahorros en el banco, fue llamada en 1997 por Cuauhtémoc Cárdenas para ser Secretaria de Gobierno del Distrito Federal donde consensó las reformas política y electoral para la ciudad capital.   Al renunciar Cárdenas para irse a buscar la presidencia, los méritos le dieron en 1998 el pasaporte para ser la jefa de Gobierno interina donde le tocó investigar a su antecesor, el priista Oscar Espinosa Villarreal por presunto peculado.   Fue, desde los inicios, fiel a la corriente perredista de Andrés Manuel López Obrador, quien se convertiría en el 2000 en su sucesor en la jefatura de Gobierno capitalina.    Si no le hubiera dado la espalda a la izquierda y al ahora presidente, sin duda hoy despacharía en alguna secretaría de Estado de la 4T.   Con el beneplácito de Cárdenas y López Obrador, Rosario se lanzó en el 2003 a conquistar la presidencia nacional del PRD. Era una mujer imparable, admirada, reconocida, que en solo cuatro años transitó los mejores puestos de la izquierda mexicana.   Pero en 2004 su estrella se eclipsó con el destape de los video escándalos del empresario argentino Carlos Ahumada,  que evidenciaba las presuntas corruptelas del perredista René Bejarano.   El constructor y entonces pareja sentimental de Robles se convirtió en el centro de un complot político- mediático al entregar un video, grabado en sus oficinas, en el que se veía a Bejarano recibir millones en efectivo, que presuntamente fueron a parar a la campaña presidencial del 2000 bajo la tutela de ella como presidenta del PRD.   Para entonces, Robles ya no era la izquierdista-maoísta sino la política pragmática, de acuerdos a la luz, pero también en lo oscurito, vistiendo elegante y costosa ropa de marca, de esa que solo compra la burguesía con el sudor del proletariado.   Marginada por unos años de la política y dedicada a la consultoría, fue rescatada en el gobierno priista de Enrique Peña Nieto, quien le encomendó la Secretaría de Desarrollo Social, primero, y la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, después.   Se alejó de sus orígenes, traicionó sus principios y se alió a los adversarios. Hoy paga esos errores en una celda en Santa Marta de Acatitla donde el juicio de la historia la alcanzará con la llamada Estafa Maestra.   Ese complejo entramado de empresas fantasmas a través del cual presuntamente se desviaron cinco mil millones de pesos de programas sociales a entidades grises, de donde se gastaron  para otros fines.   El señalamiento de los malos manejos no emergió en el sexenio de la Cuarta Transformación.    Fue una investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y de Animal Político, que alcanzó su clímax cuando el presidente Enrique Peña Nieto buscó tranquilizar a su funcionaria diciendo en público: “No te preocupes, Rosario”.   Pero, desde ayer martes, Robles tiene sobrados motivos para preocuparse. El primero es demostrar que ella no fue ni estratega, ni instrumentadora, ni cómplice de esa Estafa Maestra.   Será una tarea difícil, porque aunque negó siempre conocer de esos desvíos, los testimonios de por lo menos cuatro colaboradores la hunden, al exhibir documentos en los que en su momento fue alertada de lo que estaba desviándose. Nada hizo para frenarlo.   Su salvación estará ahora en involucrar a presuntos implicados buscando repartir culpas y mitigar su pena. Ya lo hizo ayer con José Antonio Meade, su sucesor y ex candidato presidencial del PRI en el 2018.   Y aflorarán sin duda entre otros nombres los de Luis Videgaray, Miguel Ángel Osorio Chong e incluso el del ex presidente Enrique Peña Nieto. Algunos podrán defenderse, otros evadirán culpas y alguno –sin duda- acabará como ella… tras las rejas.   Por ahora los presuntos implicados solo les queda una salida digna: rezarle a Rosario.