FACEBOOK

VISTAS
07 de Diciembre del 2018

¿A quién le lloramos?

Las exequias de George Bush dejaron ver que cuando un líder cumple su deber ante su pueblo, la Historia se encarga tarde o temprano de reconocerle su lugar

Los funerales de George Herbert Walker Bush, el cuadragésimo primer presidente de los Estados Unidos, fueron una auténtica lección de vida frente a los lamentables liderazgos que existen hoy en el mundo.

Sus exequias en Washington y en su natal Houston dejaron ver que cuando un líder cumple su deber ante su pueblo, la Historia se encarga tarde o temprano de reconocerle su lugar.

A Bush padre se le recordará como uno de los arquitectos de la caída del Muro de Berlín que puso fin a una Guerra Fría desatada entre dos ideologías: el capitalismo y el comunismo. La inglesa Margaret Thatcher y el Papa Juan Pablo Segundo fueron sus acólitos en la histórica cruzada.

Pero mas allá de su estatura como estadista de clase mundial, lo que se exaltó en su funeral fueron su firmeza como un comandante en jefe que enfrentó desde una severa recesión económica, una guerra en el Golfo Pérsico o la gestación del Tratado de Libre Comercio con Carlos Salinas y Brian Mulroney.

Bush padre no fue un político oportunista. Si lo hubiese sido habría manipulado en su condición de presidente las circunstancias que le garantizaran su reelección en 1992. Perdió frente al demócrata Bill Clinton, con quien entabló una entrañable y filantrópica amistad que trascendió a sus diferencias políticas.

Y a pesar de que en ese momento fue rechazado en las urnas por los norteamericanos, Bush padre es hoy el tercer presidente mas querido y admirado de la unión americana, solo después de Ronald Reagan y John F. Kennedy.

Sus colegas republicanos y sus adversarios demócratas coinciden, todos, en distinguirlo con el respeto de ser llamado  un presidente “amable y gentil”.

El luto nacional que inundó a los Estados Unidos ante su esperado deceso, unificó a una nación hoy radicalizada por las aberrantes políticas del actual presidente Donald Trump, antítesis del espíritu conciliador de Bush padre.

Por eso cuando vemos que una nación tan diversa como la norteamericana guarda sus diferencias ideológicas, económicas y sociales, para llorar la partida de uno de sus venerados líderes, uno de pregunta: ¿Por qué en México no existen liderazgos capaces de inspirar y unir a todo el país frente a la muerte?

¿Podríamos citar uno, dos o tres nombres de presidentes  mexicanos a los que estemos seguros que les lloraríamos el día de su funeral?

¿Cómo serían las exequias de Luis Echeverría, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto? ¿Habría luto nacional? ¿Se aceptaría  paralizar al país entero para rendirles merecido tributo?

¿Podríamos tener la fortuna de ver en sus pompas fúnebres  en Palacio Nacional o en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, a media docena de personajes de todas las corrientes, enumerando sus cualidades políticas y humanas?

La diferencia entre la sociedad norteamericana y la mexicana es que allá si se fomentan los role models, esos personajes que son capaces de inspirar como políticos, como emprendedores, como intelectuales, como filántropos e incluso como artistas.

En México, por desgracia, los ataques y las descalificaciones de unos contra otros son el deporte nacional en los medios de comunicación.

Por encima de aquellos mexicanos que podrían ser ejemplares para la sociedad, la prensa, la radio y la televisión privilegian las historias del capo en turno, del delincuente, del político acusado de corrupción o del artista caído de la gracia.

Ojalá algún día tengamos la oportunidad de presumir a un líder político mexicano que pueda ser valorado con los calificativos que Alan Simpson, senador republicano por Wyoming, dijo frente al féretro de su ex jefe y amigo Bush padre.

“Leal a su país, leal a su familia, leal a sus amigos, leal a las instituciones del gobierno y siempre, siempre, siempre un amigo de sus amigos”.