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03 de Septiembre del 2019

AMLO y los "moralmente derrotados"

Para el presidente, el mensaje más importante del primer informe de gobierno fue dejar en claro que el poder político está por encima del poder económico.

El momento más importante del primer informe de gobierno fue cuando el presidente dijo que sus adversarios están “moralmente derrotados”.

Con la élite empresarial mexicana en segunda y tercera fila, Andrés Manuel López Obrador se encargó de dejar en claro que su prioridad es situar al poder político por encima del poder económico.

En su relación con personajes como Emilio Azcárraga o Germán Larrea, el presidente ha probado ser pragmático, aislando a sus mayores adversarios y neutralizando a quienes antes imponían condiciones a otros jefes de Estado.

El modus operandi se exhibe en la diferencia de trato que ha recibido, por ejemplo, Claudio x. González si se compara con la deferencia pública hacia otros miembros de la élite empresarial mexicana, como Carlos Slim.

En América Latina, la tensión entre la iniciativa privada y los gobiernos de izquierda siempre ha sido tensa. En ese sentido, López Obrador desechó el modelo de antagonismo de Hugo Chávez en Venezuela y asumió el modelo de cooperación transaccional de Lula da Silva en Brasil. La reciente renegociación de los contratos de la red de gasoductos es ejemplo de ello. No se habría alcanzado un acuerdo sin la intervención del propio Slim, de Carlos Salazar Lomelín (presidente del CCE), ni de Antonio del Valle (presidente del Consejo Mexicano de Negocios).

Sin embargo, más allá de los índices de aprobación, el poder económico reconoce en López Obrador al presidente con mayor legitimidad, autoridad y poder en el periodo de la transición democrática.

Y esto tiene consecuencias concretas para el sistema político mexicano. El discurso de Andrés Manuel López Obrador insiste en que éste es un cambio de régimen, no un cambio de gobierno. Desde su punto de vista, el terremoto electoral del 1 de julio de 2018 significó un sacudimiento político que no s había visto en déadas y que se han manifestado en al menos tres distintas maneras:

  1. Se rompió el sistema de partidos, pero no se instauró un nuevo partido hegemónico.

Esto quiere decir que el presidente concentra mucho poder, pero se ha rehusado a transferir esa autoridad a Morena mediante una “sana distancia”. Si es necesario, Andrés Manuel dejará el partido que fundó para proteger su propio proyecto de gobierno.

Ello implica romper una de las tradiciones más añejas del sistema político mexicano: intervenir en la definición de la sucesión presidencial.

Estamos en terreno desconocido.

2. La oposición dejó de ser un contrapeso.

El hecho de que Morena haya roto la regla no escrita de tener una presidencia rotativa en la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores dice mucho sobre la debilidad de la oposición.

Mientras tanto, la división interna es la regla y no la excepción.

Lo mismo en el PRI, que aún se está recuperando de las renuncias ya acusaciones del proceso de renovación de la dirigencia nacional; que en el PAN, que todavía sufre el activismo de Felipe Calderón; o del PRD, que ha perdido lo poco que le quedaba frente a la nueva asociación conocida como Futuro XXI.

Todo esto tiene una consecuencia adicional: la oposición está saliendo del sistema de partidos y comienza a estar representada en organizaciones de la sociedad civil y algunas cámaras empresariales.

3. Ésta es la primera vez en casi dos décadas en que ninguna de las cámaras del Congreso está controlada por Manlio Fabio Beltrones o Emilio Gamboa.

Esto habla de un proceso de sustitución de élites políticas que había sido aplazado a pesar de que la transición democrática empezó en el año 2000. También dice mucho sobre el cambio de las reglas no escritas del sistema.

En definitiva, Andrés Manuel López Obrador tiene otros dato políticos. El presidente ha operado para eliminar cualquier obstáculo que pueda interferir con su proyecto. Eso abre la posibilidad de cambio, pero la falta de contrapesos también representa un riesgo democrático.

Lo cierto es que AMLO está feliz, feliz, feliz.