5 de julio 2022

29 de marzo 2022

Opinión

#YoQuéVoyASaber | La vergüenza de Jada

Yo qué voy a saber

Porque en la ceremonia de los Oscar la víctima fue Jada, pero la violencia estética nos atraviesa a todas de diferentes maneras

Por Carolina Hernández

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Sobre esa escena podríamos hablar durante un ciclo sin fin.

Podríamos hablar de machismo, de actos justificados por amor, del límite de la comedia y del bonito “¿ustedes qué hubieran hecho?”.

Pero quizá podríamos mejor hablar de por qué una mujer, por más poderosa y privilegiada que pueda parecer, puede sentirse humillada al no cumplir con los estereotipos de belleza que nos han impuesto.

Porque es esa vergüenza, al límite de la rabia, la raíz de todo este asunto.

Para mí, la “broma” de Chris Rock ni siquiera merece tema de debate.

Tampoco considero importante centrar la atención en los dos machos violentos que se mostraron en el escenario.

Lo que sí creo, es que podemos aprovechar ese penoso momento para hablar de la violencia estética en contra de las mujeres.

Porque son este tipo de escenas mediáticas, de gente rica y famosa, las que nos dan el pretexto de poner sobre la mesa temas que deberían importarnos siempre.

Hablar de esas violencias con las que convivimos diariamente, pero que no son transmitidas a nivel mundial y se pierden en la cotidianidad del anonimato.

Hablar de cómo los cánones de belleza que nos impusieron nos llenaron de inseguridades y nos cargaron con una presión innecesaria.

De cómo cuidar nuestra apariencia se volvió una obligación agotadora para demostrar nuestra valía.

La escritora Esther Pineda colgó en Twitter un hilo aleccionador sobre cómo la belleza de las mujeres ha sido instituida como un valor social.

Porque en la ceremonia de los Oscar la víctima fue Jada, pero la violencia estética nos atraviesa a todas de diferentes maneras.

Yo, por ejemplo, leía mucho porque era gorda y estaba convencida que el ideal de belleza era inalcanzable para mí.

Porque durante siglos, nos han dicho cómo deben verse nuestros cuerpos, nuestra piel y nuestro cabello, y nos hemos sometido a crueles métodos para cumplir con el estereotipo.

Y nos hemos avergonzado de no hacerlo.

La burla del comediante hacia Jada tiene muchas capas. Tiene que ver con la carga histórica y emocional de las mujeres racializadas y los rizos de su cabello.

Pero también tiene que ver con esa absurda creencia de que nuestros cuerpos son del dominio público.

Con ese derecho que nadie les otorgó para criticarlos y burlarse de ellos.

Tiene que ver con esa absurda idea de que las mujeres debemos ser un envase bonito, debemos “arreglarnos” para salir, como si no tener los labios pintados y el cabello alisado nos descompusiera.

La violencia estética nos atraviesa a todas de maneras distintas, pero a todas nos hace sentir mal por el mero hecho de existir al margen de cómo se supone debemos ser.

Nos exige una “perfección” inventada que es impositiva y arbitraria, que es  insensible y violenta, y cuyo desacato conlleva sanción social y estigmatización.

Que Jada se sintiera avergonzada debe alertarnos a todas sobre esa violencia estética que busca llenarnos de inseguridades y negarnos el derecho a existir, sin rendirle cuentas a nadie de nuestro cuerpo.

Lo de Chris Rock no fue ni gracioso ni atinado.

Lo de Will Smith no fue un acto heroico ni una prueba de amor.

Pero la testosterona de ambos invisibilizó a Jada, una mujer cuya apariencia fue expuesta ante el mundo y que se sintió avergonzada por no cumplir un estándar de belleza estúpido y torcido.

Al final, la única que ganó fue la Academia, que logró tener menciones y rating, en una ceremonia tan anacrónica como esos estándares de belleza que ella misma promueve.

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