17 de agosto 2022

15 de marzo 2022

Opinión

#YoQuéVoyASaber | La cultura del “yo no juzgo”

Yo qué voy a saber

No estaba bien antes y no está bien ahora, pero callamos y fuimos cómplices, porque no nos gusta juzgar. Y por esa cultura del “yo no juzgo” nadie levantó la voz por esas niñas

Por Carolina Hernández

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Esa es la cara de Sasha cuando tenía una relación con Luis de Llano, su productor y manager.

Ella tenía 14 años y él 39.

Más o menos en esa misma época, Aline Hernández, de 15 años, se casó con Sergio Andrade, de 35.

Y el trovador Édgar Oceransky dijo que tenía una novia de 15 años, porque le gustan con cara de “Ministerio Público”.

No estaba bien antes y no está bien ahora, pero callamos y fuimos cómplices, porque no nos gusta juzgar.

Y por esa cultura del “yo no juzgo” nadie levantó la voz por esas niñas.

De acuerdo con la OCDE, México ocupa el primer lugar en el mundo en abuso sexual de menores con 5.4 millones de casos cada año.

Seis de cada 10 de estas violaciones se producen en casa y en el 60% de los casos el agresor es un familiar o pertenece al círculo cercano.

Es decir, los violadores son tíos, primos, amigos o vecinos de los menores.

A todo eso hay que sumarle la enorme cifra negra de casos que no se denuncian por miedo, desconfianza en las autoridades y vergüenza.

De cada mil casos de abuso sexual cometidos contra menores en el país, solo 100 se denuncian y de estos, únicamente el 10% llega ante un juez.

De ellos, solo el 1% recibe una sentencia condenatoria.

Con esas cifras, decir que no podemos juzgar a esos adultos que abiertamente reconocen una relación con menores es, por lo menos, irresponsable.

Mirar para otro lado deja en la indefensión a esas niñas y niños sometidos al poder.

Porque el silencio y la tibieza nos vuelven cómplices de un delito que debería estremecernos y avergonzarnos a todos.

En las relaciones entre adultos y adolescentes hay un falso consentimiento, que el adulto sabe y prefiere ignorar.

Luis de Llano era tan consciente de su delito que ha insistido en minimizar la relación.

Con Oceransky es igual.

El audio en el que asegura que prefiere ir al bote por relacionarse con una menor que por el alcoholímetro no es un chorema inocente, no es un chascarrillo de mal gusto, no es una cosa que debiéramos ignorar ni hace 10 años ni hoy.

Las relaciones entre un adulto y un menor son abusivas porque son asimétricas y dispares.

Y son un delito.

Voltear la cara y escondernos en la tibieza del “yo no juzgo” nos hace cómplices y deja en la indefensión a esas niñas y niños que deberían sentirse protegidos y cuidados.

Contemplar el abuso y pensar que es problema de otros, es tan cruel como desesperanzador.

Irnos a dormir en paz y anestesiar nuestras conciencias con la inyección del “yo no juzgo” es cobarde y debería avergonzarnos.

Porque no basta ser buenos, porque es el silencio de los buenos el que permite existir a los malos.

Luis de Llano sabía cuando tenía un romance con Sasha que era una relación abusiva.

Sergio Andrade sabía la miseria de sus actos.

Oceransky sabía hace 10 años, cuando contaba ese “chiste”, la ilegalidad de sus palabras.

Nosotros sabíamos, cuando callamos, que estábamos dejando solas a esas niñas. Pero no nos importó, porque nos dijeron que no era asunto nuestro.

Pero sí lo es.

Y es ahora cuando tenemos la oportunidad de corregir nuestro error.

Tomar partido, dejar la tibieza, señalar al abusador, desterrar ese “yo no juzgo” que nos hace cómplices y dejar de ser espectadores silenciosos de las injusticias. Porque solo así podremos dormir en paz.

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