29 de mayo 2022

7 de diciembre 2021

Opinión

#YoQuéVoyASaber | La cultura del castigo

Yo qué voy a saber

Porque si algo nos ha dejado claro la cultura del castigo es que nadie aprende a fuerza y que las disculpas obligadas se leen rápido, pero las lecciones se aprenden despacio

Por Carolina Hernández

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Si parece que las palabras de Yoseline no son sinceras, es porque quizá no lo son, pues su disculpa es parte de un acuerdo reparatorio y no de una decisión personal.

Su obligación era disculparse, no sentirlo.

Sin embargo, aunque hubiera hablado con el corazón en la mano nos habría parecido insuficiente, porque en una sociedad acostumbrada a la cultura del castigo o es ojo por ojo, o no es justicia.

Durante casi 6 minutos, Yoseline Hoffman leyó un texto en el que se disculpa con Ainara -la joven que la denunció por pornografía-.

Sí, lo leyó muy aprisa, casi no hace contacto visual y no se necesita ser experto para ver que su lenguaje verbal grita impotencia y humillación.

¿Y cómo no? Seamos honestos, a nadie nos gusta que nos obliguen a disculparnos, aunque nos hayamos equivocado.

Sin embargo, lo importante no es si la youtuber está siendo sincera con su disculpa, porque eso es algo que solo ella sabe.

Lo importante es que este caso crea un precedente de justicia restaurativa, una nueva visión que se aleja de la Ley del Talión, esa de ojo por ojo que nos está dejando ciegos.

Una justicia que, por primera vez, pone las necesidades de la víctima por encima del deseo de castigar al victimario.

México es el segundo país en América Latina, después de Brasil, con más personas en prisión.

Hasta febrero de este año, había casi 220 mil hombres y mujeres privados de su libertad. Más del 40% de ellos de forma preventiva, sin que se haya probado si cometieron un delito.

Por si fuera poco, de acuerdo con los informes que ha rendido la CNDH, alrededor del 60% de los centros estatales se hallan en mayor o menor medida en manos de grupos criminales.

Las cárceles en México son espacios en los que sobra la corrupción y faltan casi todos los derechos humanos.

Las prisiones en este país reflejan un gran desinterés por la dignidad humana, además, la mayoría se encuentran saturadas y sin recursos para brindar un espacio mínimamente decoroso.

Así que, en este país, ir a la cárcel no significa justicia.

Por eso, la justicia restaurativa se antoja una solución alternativa que no solo libera al sistema penitenciario, sino que privilegia la reparación del daño para la víctima y minimiza el impacto negativo que la prisión tiene en las personas acusadas y en sus familias.

Los acuerdos reparatorios buscan eso.

Encontrar soluciones que beneficien a la víctima y que ayuden al imputado a entender las consecuencias de sus actos.

Este tipo de justicia busca que los ofensores se hagan responsables del mal causado, pero, sobre todo, se hagan conscientes de los daños colaterales que sus acciones provocaron.

Aunque claro, para que este modelo de justicia funcione, muchas cosas deben cambiar en este país.

Porque, aunque ya no sean como los otros, la corrupción persiste.

Por ejemplo, en el caso de la Línea 12 del Metro, la Fiscalía General de Justicia llegó a un acuerdo reparatorio con la empresa Carso; sin embargo, el abogado de las víctimas del desplome asegura que, hasta la fecha, ellos no conocen nada sobre dicho arreglo.

Sin embargo, al menos comenzar a hablar de este tipo de opciones penales abre la puerta a dejar de pensar que todo castigo es justicia.

Y sí, quizá Yoseline no está arrepentida aún de lo que hizo.

Pero tendrá la oportunidad de entenderlo cuando -como parte del acuerdo reparatorio- tenga que acudir a cursos de sensibilización con víctimas y compartir el contenido de sus aprendizajes por medio de sus videos.

Porque de nada sirve que Yoseline pase 5 años en la cárcel si no entiende en qué la cagó.

Porque si algo nos ha dejado claro la cultura del castigo es que nadie aprende a fuerza y que las disculpas obligadas se leen rápido, pero las lecciones se aprenden despacio.

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