18 de octubre 2021

10 de agosto 2021

Opinión

#YoQuéVoyASaber | La ‘blanquitud’ de la blanca Mérida

Yo qué voy a saber

Lo sucedido a José Eduardo, en la blanca Mérida, es en gran parte causa de un aparato de seguridad podrido y corrupto que utiliza la tortura para mantener bajos índices de criminalidad y un aparente contexto de paz y tranquilidad

Por Carolina Hernández

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Mérida es la mejor ciudad del país para vivir… pero como dice mi amiga Anapau, solo si eres yucateco, blanco, hetero y con un apellido de abolengo.

Hay una versión que dice que se le llama la Blanca Mérida porque durante la época de la Colonia y el Porfiriato, ahí vivían los hacendados y sus poderosas familias, todas por supuesto, de piel blanca y apellidos distinguidos; y quienes no cumplieran con esos requisitos no eran bienvenidos.

Y parece que poco ha cambiado.

El 22 de julio, cuatro policías en esa blanca ciudad, detuvieron a José Eduardo por “parecer sospechoso”, lo violaron por “parecer gay” y lo torturaron y golpearon tanto, que murió días después.

Le decían el güero, tenía 23 años y era de Veracruz. Un “huach”, como les dicen en Yucatán a quienes son foráneos.

Porque en esa blanca Mérida hay mucha blanquitud. Y porque parece que la guerra de castas todavía no se acaba.

En la publicación “Las élites de la ciudad blanca: discursos racistas sobre la otredad”, la Doctora en Antropología, Eugenia Iturriaga, evidencia la xenofobia y el clasismo que viven arraigados en las entrañas de esa península.

En sus estudios, la investigadora de la Universidad Autónoma de Yucatán ha detallado que entre los yucatecos existe mucho resentimiento y rechazo al centro del país.

Sentimientos que se arrastran desde la época revolucionaria, cuando el proyecto político centralizó el poder en la capital y generó un recrudecido regionalismo como respuesta.

De hecho, en 1841, Yucatán declaró su independencia, se constituyó como la República de Yucatán, creó su propia bandera y promulgó su propia constitución.

Pero ese desdén hacia los foráneos se agudizó cuando el discurso de que, en este país no hay mejor lugar para vivir que Mérida, provocó que de 2010 al 2018, la cantidad de mexicanos que se fueron a vivir a Yucatán aumentara un 700%.

Y de acuerdo con el INEGI, si esa tendencia se mantiene, durante los próximos cinco años el estado podría sumar más de 600 nuevos residentes cada semana.

Y sí, una ciudad más grande tiene problemas más grandes.

Por eso, los nativos yucatecos se resisten a la “invasión de los huach”. Aseguran que la llegada de foráneos viene acompañada de inseguridad, caos e incluso, la pérdida de su identidad y tradiciones.

El regionalismo al extremo que algunos yucatecos pregonan se basa en ese añejo resentimiento hacia quienes desde el altiplano llegan a su península, dicen, como si fueran los nuevos conquistadores.

Y sí, lo sucedido a José Eduardo es en gran parte, causa de un aparato de seguridad podrido y corrupto que utiliza la tortura para mantener bajos índices de criminalidad y un aparente contexto de paz y tranquilidad.

Pero eso también tiene que ver con esa blanquitud de la que Mérida no se despega.

Esa que les infunde una supremacía de castas y apellidos.

Esa en la que parecer es suficiente para vivir ahí o morir ahí.

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