20 de abril 2021

26 de febrero 2021

Opinión

#YoQuéVoyASaber | El otro pacto

Yo qué voy a saber

En México, el destino social de las mujeres trans es abrumador; sin embargo, hay quienes se niegan a gritar los nombres de sus muertas en la lucha feminista. El discurso transfóbico es un pacto que también hay que romper.

Por Carolina Hernández

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Hace apenas unos días, leí la noticia de que asesinaron a Saulet, una estilista de Guanajuato.

Fue localizada semidesnuda, con múltiples golpes y cuchilladas en todo el cuerpo.

Estaba tirada en un camino de terracería en la comunidad de La Cuadrilla, cerca de Celaya.

Sin embargo, cuando salgan a marchar para exigir ni una muerta más, algunas mujeres no gritarán el nombre de Saulet. No harán tendencia “todas somos Saulet”, ni levantarán la voz para pedir justicia por ella.

Todo, porque Saulet era una mujer trans y hay un ala del feminismo que les niega espacio en su lucha. Que las desaparece.

Láurel Miranda lo describe con crudeza y estremecedora claridad: El discurso transfóbico es el caballo de Troya de la lucha feminista.

Con una dolorosa claridad, Láurel detalla cómo esa narrativa que excluye a las mujeres trans alimenta también los crímenes de odio en su contra.

En México, casi 55 por ciento de los asesinatos que suceden en contra de las poblaciones de la diversidad sexual y de género, son de mujeres trans, de acuerdo con un informe de la asociación civil Letra S.

Si hay alguien que ha tenido que combatir la opresión, el abuso y la violencia son ellas.

En este país, las mujeres transexuales son quienes viven mayor nivel de desigualdad, son las más discriminadas y están más expuestas a la pobreza, a problemas de salud y a que se les niegue el acceso a la educación y al empleo.

México es el segundo país en el mundo, solo después de Brasil, con más transfeminicidios.

De acuerdo con el Centro de Apoyo a las Identidades Trans, entre 2007 y 2019 fueron asesinadas 544 mujeres trans, 17 entre marzo y abril del año pasado.

Sin embargo, activistas y organizaciones civiles consideran que el número de asesinatos de mujeres trans representa solo la tercera parte de los casos reales, porque en una ridícula necedad y falta de respeto a su identidad, muchas víctimas son registradas como “varones vestidos como mujeres”.

Incluso, muchos medios de comunicación aún insisten en usar su “nombre muerto” en aras de un malentendido rigor periodístico, que solo evidencia la falta de perspectiva de género.

Así, que aun muertas se les sigue vulnerando. El destino social de las mujeres trans es abrumador.

Por eso, la lucha por sus derechos debería ser una lucha de todas.

Una batalla que, haciendo honor a esa sororidad de la que tanto se habla, no tendrían que pelear solas.

Porque ignorarlas nos hace cómplices. Nos pone en el mismo lado del pacto patriarcal que tanto exigimos romper. Nos hace ser parte del odio y la opresión a una minoría que grita auxilio.

A principios de este mes, mientras en el Estado de México se discutía la Ley de Identidad de género, un grupo de manifestantes autonombradas “anarcofeministas”, lanzaron consignas en contra de esa legislación bajo el argumento de que “borra a las mujeres”.

Su explicación fue que la Ley de Identidad de género consiente que el deseo de un hombre sea suficiente para anular la existencia de las mujeres.

Ni siquiera puedo explicar la lógica de eso. 

En México, solo 13 estados tienen una Ley de Identidad de Género, en Puebla -pese a que la iniciativa estuvo congelada- finalmente hace unos días, la Ley Agnes se aprobó en comisiones y ahora solo está pendiente su aprobación por el Pleno del Congreso.

Oponerse a que las personas trans rectifiquen su género y su nombre en las actas de nacimiento también es una forma de matarlas. De desaparecerlas.

Además, como bien señala Láurel, que se frenen las leyes que permiten el reconocimiento de las identidades sexogenéricas no va a lograr que haya menos personas trans, solo hará que sus vidas sean más difíciles y tengan menos acceso a sus derechos.

Por eso, para mí es incongruente enarbolar una lucha feminista, pero a la vez pretender restringir derechos de otras mujeres y, además, reforzar estigmas y prejuicios.

La colectiva Dignas Hijas lo dice muy claro, el discurso de odio contra las mujeres trans no debe ser a nombre de todas las feministas.

Porque ellas no son una amenaza. Dividir la lucha, sí.

Es un desatino salir a las calles a exigir ni una menos y al mismo tiempo tratar de eliminar la existencia de quienes, como todas nosotras, solo buscan una vida digna. Ese pacto también hay que romperlo.

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