18 de octubre 2021

12 de octubre 2021

Opinión

#YoQuéVoyASaber | El juego limpio

Yo qué voy a saber

El Juego del Calamar nos muestra una brutal y violenta esperanza de que podemos salir de pobres como lo hacen los demás, con una beca, con una herencia, con un apellido… aunque es sangriento, el juego es limpio

Por Carolina Hernández

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No, no he visto el Juego del Calamar y probablemente no lo haga pronto (o nunca), pero a donde quiera que volteo hay personas hablando de eso.

La serie está a nada de convertirse en la más vista de la historia de Netflix y quizá esa fascinación tenga que ver con que la premisa es sencilla y muy universal: querer dejar de ser pobre.

En el mundo, el 1% de la población tiene más dinero que todo el 99% restante.

Por ejemplo, si sumamos todo el dinero que tienen 3.6 millones de personas, esa misma  cifra, la tienen 62 de las personas más ricas. (FUENTE: Credit Suisse).

La desigualdad ha alcanzado unos niveles sin precedentes en poco más de un siglo por lo que todos, de alguna forma, vivimos dentro de nuestro propio Juego del Calamar.

Luchamos por salir de las deudas, por tener un extra el fin de semana para “darnos un lujito” -que en nuestro caso no sería comprarnos un yate, sino ir al cine y poder pagar el ‘combo cuates’ sin que eso nos obligue a comer Maruchan el resto de la semana-.

Y es que  las políticas económicas de todo el mundo han propiciado que los ricos se estén haciendo más ricos y los pobres, más pobres.

Tan solo en México, las 10 personas más ricas del país acumulan la misma riqueza que la suma de todo lo que tiene el 50% más pobre.

En nuestro país, los ingresos de los más ricos son 16 veces más altos que los de los más pobres.

Y eso, a todos, nos encabrona.

Por eso, tiene mucha lógica que la serie coreana haya conectado tan fuerte con la audiencia.

¿Qué seríamos capaces de hacer para salir de pobres, para dejar de recibir las llamadas del banco a las 7 de la mañana, para poder comer al menos tres veces al día?

La sola posibilidad de conseguirlo nos hace vibrar de emoción. Más si nos dicen que va a ser tan sencillo, literalmente, como un juego de niños.

Porque ya no queremos batallar.

Porque ya nos hemos esforzado mucho sin resultados.

Porque nos llena de frustración ver a Emilio Lozoya cenando en un restaurante carísimo, cuando está acusado de recibir sobornos, de cohecho, de operaciones con recursos de procedencia ilícita y de asociación delictuosa.

Aun así, puede asistir a un restaurante al que la mayoría de los mexicanos no tiene acceso ni en sueños.

Porque nos llena de frustración que nos digan que si le “echamos ganas” vamos a poder salir de deudas.

Porque es desolador darnos cuenta que, a pesar del trabajo duro, simplemente no es posible tener lo necesario.

Porque nos hemos cansado de ver a esos “emprendedores” que “se hicieron a sí mismos” invirtiendo la fortuna de sus padres.

Porque estamos hartos de que los apellidos definan una beca millonaria, porque nos hierve la sangre ver los altos sueldos de quien poco hace y menos sabe.

En México, la brecha salarial entre el trabajador medio y los puestos directivos se ha ampliado rápidamente.

Mientras los salarios de la mayoría de los trabajadores se han estancado, los de los altos ejecutivos se han disparado.

Y sí, las peores remuneradas somos las mujeres, aunque hagamos el mismo trabajo.

Por eso, el Juego del Calamar nos muestra una brutal y violenta esperanza de que podemos salir de pobres como lo hacen los demás, con una beca, con una herencia, con un apellido.

Porque por lo menos ahí, aunque es sangriento, el juego es limpio.

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