16 de mayo 2021

19 de octubre 2020

Opinión

El Padrino

Nadie debe darse por sorprendido por la detención en los Estados Unidos del General Salvador Cienfuegos.

Por Ramón Alberto Garza

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Nadie debe darse por sorprendido por la detención en los Estados Unidos del General Salvador Cienfuegos.

El que fuera secretario de la Defensa en el gobierno de Enrique Peña Nieto, siempre despachó con la sombra de la duda sobre sus cuatro estrellas que siempre pensó que le garantizaban –al menos en México- un certificado de intocabilidad.

Pero apenas pasó el primer tercio del gobierno peñista, algunos de los servicios de inteligencia norteamericanos comenzaron a sospechar de lo que sucedía en el eje de la seguridad, entre la Defensa Nacional y la Secretaría de Gobernación.

El Cártel Jalisco Nueva Generación no pudo lograr ese crecimiento exponencial en sólo un sexenio sin el apoyo, las omisiones y las complicidades de los oficialmente responsables de combatir al crimen organizado.

Nada diferente a lo que sucedió en la docena trágica del PAN con Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán. Antes fueron El Golfo y los Zetas, luego Sinaloa y ahora Jalisco Nueva Generación.

Pero al General Salvador Cienfuegos le tenían puesta la lupa en Washington desde que tomó posesión como jefe supremo del Ejército.

Tanta era la desconfianza hacia los mandos castrenses mexicanos, que los norteamericanos sólo validaban sus operaciones con el secretario de Marina, el almirante Vidal Francisco Soberón.

Y esa desconfianza sobre la Secretaría de la Defensa creció todavía más en el 2014, cuando en medio del drama de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa se dispararon las comunicaciones entre Iguala y Chicago.

Y fue cuando fueron filtrándose en esos mensajes los alias de ‘El Padrino’ y ‘Zepeda’, las claves que más tarde entenderían que eran para identificar al General Cienfuegos.

Fueron los días en que el General Cienfuegos se vio obligado a salir a declarar, en una entrevista televisiva, que jamás permitiría a los comisionados en Derechos Humanos que interrogaran a sus soldados sobre el caso Ayotzinapa, mucho menos a revisar sus cuarteles

“¿Cuál es la razón o el pretexto de querer ingresar a los cuarteles? No me queda claro ni puedo permitir que interroguen a mis soldados, que no cometieron, hasta ahorita, ningún delito”.

Pero un dato que muy pocos conocen es que las complicidades del entonces secretario de la Defensa fueron puestas a prueba de verdad en 2017, cuando desde Estados Unidos se integró un expediente contra un prominente miembro del gabinete peñista que tenía aspiraciones presidenciales.

La abultada carpeta de pruebas, que presuntamente incriminaban al funcionario, quien ya sentía la banda presidencial sobre su pecho, fueron entregadas al General Cienfuegos para que las pusiera en manos del presidente Peña Nieto.

Dos semanas tardó el expediente en llegar a Los Pinos. Unos dicen que el General Cienfuegos se demoró porque buscó verificar alguna información que le parecía dudosa. Otros dicen que ante lo irrefutable de la evidencia no le quedó otro camino que descarrilar el proyecto político en el que se sentía incluido.

A partir de entonces, crecieron las indagatorias y se aceleraron internamente las investigaciones de la ‘Operación Padrino’, que culminó con la detención del General Cienfuegos en el aeropuerto de Los Ángeles. Una detención, que dicho sea de paso, se presume pactada.

De acuerdo a fuentes mexicanas y norteamericanas relacionadas con el operativo, era mejor que el ex secretario de la Defensa fuera detenido de manera casual, acompañado y despidiéndose de su familia, en los Estados Unidos.

Hacerlo en México habría provocado un cisma entre los cuerpos de seguridad que lo detuvieron, el Ejército y por supuesto la presidencia de la República. Sería un quiebre institucional, desde su detención hasta la inevitable extradición.

Por eso la reiterada declaración presidencial de que en México no existía investigación alguna contra el General Cienfuegos. Porque las repercusiones con los mandos castrenses actuales serían inevitables.

Nadie es ajeno a que el actual secretario de la Defensa, Luis Cresencio Sandoval, era un hombre cercano a los afectos del General Cienfuegos.

Su grado de General de División lo obtuvo en 2017. Y fue el mismo entonces secretario de la Defensa que lo convirtió en su comandante de la Cuarta Región Militar, que comprende los delicados estados de Nuevo León, Tamaulipas y San Luis Potosí.

Pero quizá los testimonios que más podrían hundir al General Cienfuegos son los de su presunta relación con Conexión Nayarit, en la que el fiscal Édgar Veytia y el gobernador Roberto Sandoval fueron personajes centrales de una trama que incluye protección y lavado de dinero, en favor de una célula del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Desde esta célula, y con algunas complicidades dentro del gobierno en turno, se habrían financiado algunas campañas políticas del PRI y algunos candidatos independientes. El de Nuevo León, en 2015, presumiblemente fue uno de ellos.

Para quienes conocen del caso, no existe duda de que el fiscal nayarita, detenido en California -pero trasladado a Nueva York para ser procesado en la Corte de Brooklyn-, confeso de lavado de dinero y condenado ya a 20 años de prisión, apenas el pasado 29 de septiembre fue un personaje clave para aportar información que permitiera la detención del General Cienfuegos.

Será abundante y muy delicada la información que se revele en los próximos días en la corte de Nueva York. Y el quiebre institucional para México, al detenerse a un secretario de la Defensa cuyo Comandante en Jefe es el presidente bajo quien sirvió, será un sacudimiento.

Y no duden que los Estados Unidos, alarmados por el creciente tráfico de Fentanilo desde México -con precursores chinos- usarán la ‘Operación Padrino’ para exigir al gobierno mexicano acciones contundentes o amenazarán con intervenciones más directas. Lo que sea para salvar las 80 mil vidas que esa droga cobra cada año en territorio norteamericano.

Por lo pronto, el presidente Andrés Manuel López Obrador tendría que quitarse la venda de los ojos y dejar de ver cualquier uniforme verde olivo como símbolo de honradez, transparencia y lealtad.

Cierto es que los mexicanos le extendemos nuestra gratitud a los cientos de miles de soldados, que día con día arriesgan sus vidas para defendernos del crimen organizado.

Lamentablemente, no podremos decir lo mismo de algunos de sus altos mandos estratégicos que -al igual que ‘El Padrino’- están hoy bajo la lupa.

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