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09 de Junio del 2020

Encapuchados del Chipinque

Algunos asesores del presidente le están vendiendo, con bastante éxito, la idea de que Monterrey vuelve a ser el epicentro de la gran conspiración nacional.
Cuando en 1973 fue asesinado Eugenio Garza Sada durante su intento de secuestro por la Liga Comunista 23 de Septiembre, el empresariado de Monterrey le endosó el atentado al entonces presidente Luis Echeverría. El quiebre entre los hombres del capital regiomontano y el gobierno en turno provocó una sacudida que culminó tres años después con una severa crisis política y económica en septiembre de 1976. Rompió el molde del llamado “Desarrollo Estabilizador”. Los empresarios de Monterrey culpaban a Echeverría de envenenar a México con sus políticas comunistas. Y ponían como ejemplo el abierto asilo político que se le dio a la izquierda chilena, expulsada tras el golpe al presidente Salvador Allende. Alarmados tras el asesinato de Garza Sada –y del empresario Fernando Aranguren en Jalisco- los hombres del capital regiomontano se encerraron a debatir la ruta a seguir frente lo que calificaban era un embate comunista. Y la sede de algunas de esas pláticas fue un hotel ubicado en el parque nacional Chipinque, en lo alto de la Sierra Madre. El entonces gobernador de Nuevo León, Pedro Zorrilla Martínez, informó a Echeverría de esos cónclaves “conspiratorios”. Y la respuesta furibunda del entonces presidente fue la de calificar aquello como una oscura conspiración patrocinada por empresarios a los que Echeverría bautizó como “Encapuchados del Chipinque”. Lo que sucedió después fue una catastrófica historia de una enorme crisis política y económica que culminó en 1976, en la antesala de finalizar el sexenio de Echeverría, con una devaluación que disparó el precio del dólar de 12.50 a 25 pesos. México se convulsionó y entró en una espiral de crisis sucesivas. Evocamos estos episodios desde la memoria histórica, porque una muy peligrosa confrontación, similar a aquella de los llamados “Encapuchados del Chipinque”, está hoy en ciernes. Algunos asesores del actual gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador le están vendiendo, con bastante éxito, la idea de que Monterrey vuelve a ser el epicentro de la gran conspiración nacional. No importa que sean piezas sueltas o simples coincidencias. El hecho es que desde el ala radical de la Cuarta Transformación buscan fabricar un enemigo a vencer que justifique la confrontación con el sector empresarial. De acuerdo a su tesis, alguien fraguando, de la mano de políticos, intelectuales, medios de comunicación e incluso con apoyos desde el extranjero, un complot para impulsar la renuncia del inquilino de Palacio Nacional. La línea discursiva de ese supuesto “complot” pasa por un empresario, José Antonio Fernández, presidente de Femsa y casado con una nieta de don Eugenio Garza Sada. El “El Diablo” Fernández, como se le conoce popularmente, es el heredero en jefe del legado ideológico-empresarial de los Eugenios –Garza Sada y Garza Lagüera- y a quien los lopezobradoristas lo ubican como un empresario cercano a Carlos Salinas de Gortari, a Vicente Fox y a Felipe Calderón. Su mecenazgo político en la campaña presidencial de la panista Josefina Vázquez Mota en 2012 le valió una confrontación con el régimen del priista Enrique Peña Nieto. Y ese impulso político se repitió en 2015 cuando “El Diablo” Fernández apoyó el ascenso en Nuevo León de Jaime “El Bronco” Rodríguez como el primer gobernador independiente de México. Y más tarde, en 2018, favoreció los intereses del panista Ricardo Anaya frente a su rival Andrés Manuel López Obrador. “El Diablo” Fernández fue ubicado en el epicentro del movimiento anti-AMLO, en donde figuraban una docena de empresarios que abiertamente se oponían a que el candidato morenista se instalara en Palacio Nacional. Quienes tejen hoy la tesis de la imaginada línea conspiratoria buscan proyectar al empresario regiomontano como el promotor del cenáculo antilopezobradorista. Entre los alentadores de esa tesis se incluyen algunos empresarios de la llamada Mafia del Poder, confrontados históricamente con Monterrey, hoy alineados ya a los intereses de la Cuarta Transformación. Junto a “El Diablo” buscan incluir a Carlos Salazar, ex director general de Femsa y actual presidente del Consejo Coordinador Empresarial, quien arrancó el sexenio tendiendo puentes con el presidente López Obrador, pero quien después de serios desencuentros tiene hoy cerradas las puertas en Palacio Nacional. También a Gustavo de Hoyos, presidente de la Coparmex, organismo que históricamente es financiado en su mayoría por el empresariado regiomontano. El organismo más crítico del gobierno lopezobradorista. En el supuesto “complot” también se ubica al Tecnológico de Monterrey, cuyo presidente del Consejo es también “El Diablo” Fernández, aunque sus cientos de consejeros sean de más de 30 ciudades de todo México. La institución educativa insignia de Monterrey se vio involucrada hace unos meses en una supuesta asesoría a un proyecto político del presidente de la Coparmex. Es el mismo Tecnológico de Monterrey donde hoy dan cátedra Carlos Urzúa, el secretario de Hacienda que arrancó en el actual gobierno, convertido hoy en némesis del presidente López Obrador y también Alejandro Poiré, el secretario de Gobernación de Felipe Calderón quien maneja la Escuela de Graduados en Administración Pública (EGAP). Y para consolidar esa teoría, la cereza en el pastel es FRENA –el llamado Frente Nacional Anti-AMLO- la organización que busca abiertamente la dimisión anticipada del presidente y cuyo impulsor, el activista Gilberto Lozano, fue alto directivo en Femsa y presidente del Club de Futbol Monterrey, patrocinado por la misma corporación. Cerrando el círculo, incluyen en la lista a influyentes medios de comunicación que tiene su sede en Monterrey y que están en confrontación abierta con el gobierno de la Cuarta Transformación. La tesis alcanza la sospecha de que ya se estarían cabildeando directamente en Washington simpatías políticas y financieras. Dicen que buscan contener lo que inevitablemente ven como la instauración en México de un gobierno socialista, similar al de Nicolás Maduro en Venezuela. Lo curioso es esta tesis tan radical se da en momentos en que otra parte de los empresarios de Monterrey están cabildeando con la Cuarta Transformación, buscando amortiguar la enorme crisis que se avecina. Cuando en 1976 Luis Echeverría compró la conspiración de los llamados “Encapuchados del Chipinque”, el choque sistémico entre la política y el capital convulsionó a México. Aprendamos todos hoy de aquella historia, para no arrepentirnos mañana de repetir el drama que ya alguna vez arrodilló a México.