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02 de Septiembre del 2020

¡Bendita “austeridad”!

El subsecretario de Gobernación Ricardo Peralta está ya fuera del gobierno de la 4T –al menos temporalmente- gracias a la bendita austeridad.
No fueron sus desaseos y corruptelas como el primer efímero director de Aduanas de la 4T… Tampoco su apoyo a trasmano para apadrinar la fallida Ley Bonilla de su problemático ahijado, el gobernador de Baja California… No fueron sus reiterados encuentros buscando acuerdos en la ilegalidad con las llamadas autodefensas de Tamaulipas y Michoacán… Ni tampoco su abortado acuerdo para liquidar –sin permiso de nadie– miles de millones de pesos de adelantadas jubilaciones con el impresentable líder de los ferrocarrileros… No fueron sus arranques autoritarios ni sus desaires prepotentes, lo mismo a los taxistas de la Ciudad de México que con los gobernadores de todo el país… Pero Ricardo Peralta está ya fuera del gobierno de la Cuarta Transformación –al menos temporalmente- gracias a la bendita austeridad. Oficialmente los dineros públicos ya no daban para sostener su dependencia; en la realidad, sus desplantes ya no daban para sostenerlo en esa posición, sin poner en tela de juicio todo lo que en el discurso profesan tanto el presidente como la secretaria de Gobernación. El controvertido personaje se instaló en la Subsecretaría de Gobernación en mayo del 2019, cuando su titular Zoé Robledo fue promovido para ser el nuevo director del Seguro Social. En la antesala del nuevo gobierno, el presidente Andrés Manuel López Obrador buscaba convertirlo en Fiscal Anticorrupción. Habría sido colocar a la Iglesia en manos de Lutero. Bloqueado para esa posición, debutó en el actual sexenio como administrador general de Aduanas, cargo en el que no duró ni un año. La entonces directora del SAT y ahora ministra de la Corte, Margarita Ríos Farjat, entró en dura y abierta confrontación con quien se creía intocable, porque presumía en falso su cercanía con el inquilino de Palacio Nacional y su relación personal con la secretaria de Gobernación. Pero la corrupción rampante dentro de aduanas lo exhibió y lo puso contra la pared. El hombre que en su currículum presumía haber escrito más de 300 artículos relacionados con la lucha anticorrupción, era removido –entre muchas razones- por el insalvable y evidente escándalo de corrupción en la aduana de Manzanillo. Su ingreso a Gobernación para instalarlo como operador político de Olga Sánchez Cordero le arqueó la ceja a más de uno. Jamás pudo llenar los zapatos de Zoé Robledo. Y buscando instalarse como factótum político en el gobierno de la Cuarta Transformación, se dedicó por la libre a operar en las fronteras de la ilegalidad. Primero se adueñó de Jaime Bonilla, el entonces candidato de Morena al gobierno de Baja California. Y con las complicidades de Yeidckol Polevnsky usó su posición en Aduanas para recolectar dinero a la campaña. Ya instalado Bonilla como gobernador, Peralta se convirtió en el artífice y operador de la llamada Ley Bonilla, que buscaba ampliar de dos a cinco años el período para el cual fue electo el morenista. La Suprema Corte les plantó revés, a Bonilla y a su padrino. En sus sueños guajiros Peralta y Bonilla buscaban construir desde esa trinchera bajacaliforniana un movimiento político rumbo al 2024, intentando influir en la elección del nuevo gobernador de Sonora y sobre todo tener las poderosas aduanas de esas dos entidades como patrimonio para financiar lo que fuera políticamente necesario. El Experimento Baja fue abortado, Bonilla cayó en el peor de los descréditos por su autoritarismo y los desplantes de su padrino Peralta. El último capítulo del affaire Peralta en Baja se dio el 24 de agosto cuando el alcalde morenista de Tijuana, Arturo González Cruz, acusó al subsecretario de Peralta y a su ahijado Bonilla de amenazas por la presunta venta de un decomiso desde la Secretaría de Seguridad. Morena contra Morena. Una semana después de esa denuncia de un alcalde de Morena contra un gobernador de Morena y un subsecretario de Morena, se formalizó la salida de Peralta de Gobernación. Decimos que se formalizó, porque originalmente dejaría el cargo desde el pasado mes de mayo, pero le vino un muy oportuno contagio de Coronavirus y el cambio se aplazó. Pero no hay plazo que no se cumpla, y gracias a la bendita austeridad, el problemático Ricardo Peralta ya no tendrá la plataforma de Bucareli para hacer su torcido, torpe y evidente juego político personal. Ojalá que desde Palacio Nacional no venga otro rescate, como el “castigo” que se le dio cuando salió de Aduanas para instalarlo en Bucareli. Sería un contrasentido para el evangelio presidencial.