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21 de Septiembre del 2020

Y a ellos ¿quién los frena?

El inquilino de Palacio Nacional confirma la máxima de que no es lo mismo ser disidente desde la oposición que gobierno en el poder.
Durante sus largos años como opositor al gobierno, Andrés Manuel López Obrador hizo de la disidencia y de la resistencia civil su mejor arma de lucha política. Y dejó para la historia míticos enfrentamientos de desobediencia civil contra el poder en turno. Uno, la toma de 51 pozos petroleros en Tabasco, ocurrida el 5 de febrero de 1996. Protestaba contra Pemex, a favor de los indígenas chontales, por la contaminación y la falta de indemnización sobre las tierras de cultivo que les arrebataban. Hecho curioso, entre los 53 promotores de aquella resistencia civil lopezobradorista contra Pemex estaba nada más y nada menos que Octavio Romero Oropeza, hoy director de la paraestatal. Dos, el plantón de 47 días en Paseo de la Reforma con el que desde el 30 de julio y hasta el 15 de septiembre del 2006 López Obrador protestó por el muy cuestionado resultado de la elección presidencial que instaló en Los Pinos al panista Felipe Calderón Hinojosa. Curiosamente a 14 años de aquella toma de los pozos petroleros y en su natal Tabasco, el ahora gobernador morenista Adán Augusto López Hernández ordenó publicar en el Periódico Oficial del Estado una reforma al Código Penal que fue bautizada como “La Ley Garrote”. La nueva legislación promovió penas de 10 a 20 años contra quienes realizaran manifestaciones, bloqueos carreteros, o impidieran la construcción de obras públicas o privadas. Bajo esa ley morenista, López Obrador habría tenido que purgar una condena en prisión entre 1996 al 2006 por bloquear los 51 pozos petroleros. Y todavía hoy estaría tras las rejas por su bloqueo del 2006 a Reforma. Saldría libre en 2026. Pero en el colmo de la contradicción y en una gira del 28 de julio del 2019, el ya presidente López Obrador declaró muerta la resistencia civil que tanto utilizó como líder opositor. “Están haciendo plantones frente al Palacio Nacional. No voy a ceder. Que vamos a cerrar las calles, que vamos a cerrar las carreteras y que así vamos a negociar. Se acabó. Se acabó eso.” Viene a cuento todo este repaso histórico, porque el sábado pasado el gobierno morenista de la Ciudad de México arremetió contra cientos de manifestantes del Frente Nacional Anti AMLO. Los opositores al gobierno de la Cuarta Transformación fueron impedidos por la policía capitalina para culminar una marcha que se inició en el Monumento a la Revolución y terminaría con lo que llamaban una “toma pacífica” del Zócalo. Y ante la imposibilidad de lograr su destino, los disidentes encabezados por Gilberto Lozano acabaron por instalar sus casas de campaña en la Avenida Juárez, frente al Hemiciclo al Benemérito. Nada diferente a aquella toma de Paseo de la Reforma en el 2006. La confrontación incluyó el desmantelamiento por parte de la policía capitalina de algunas de las tiendas de campaña, un hecho violento que pretendió más tarde ser desmentido por el gobierno capitalino, que emitió un comunicado prometiendo el respeto a la libertad de expresión. En lo personal no comulgamos con la agresividad, la estridencia y el lenguaje que utiliza FRENAA y sus líderes para exigir la renuncia del presidente López Obrador. Pero esas son formas, estilos personales. En lo de fondo –y por principio- defenderemos con la vida el derecho que tiene Gilberto Lozano y cualquier mexicano que lo acompañe, a manifestarse libre y pacíficamente contra el presidente. Es lamentable que los gobiernos morenistas apliquen hoy un doble rasero a la disidencia. Porque por un lado permiten sin cortapisas manifestaciones de maestros de la CNTE o de otros activistas, que incluso dañan el patrimonio nacional pintarrajeando edificios y propiedades privadas, mientras que por el otro lado bloquean cualquier protesta que vaya en contra del presidente y del gobierno en turno. Y más lamentable aún que sea el mismo Andrés Manuel López Obrador quien ayer se vanagloriaba de sus bloqueos en pozos petroleros y avenidas de la Ciudad de México el mismo que hoy impida que aquellos que no piensan como él no tienen derecho a alzar su voz de protesta. Con FRENAA, lo mismo que con los agricultores de Chihuahua, el presidente aplica la máxima de que toda protesta o bloque de resistencia en mi contra o contra mi gobierno, es corrupta. Y que toda protesta que él realizó en su tiempo fue épica. Las de hoy, no. El inquilino de Palacio Nacional confirma la máxima de que no es lo mismo ser disidente desde la oposición que gobierno en el poder. Desde el otro lado de la banqueta, lo que antes veía como heroico hoy se califica como traición a la Patria.