FACEBOOK

VISTAS
26 de Junio del 2018

Primer divorcio:
Sotanas al poder

Lo que nos venden en los textos de Historia de México sobre el llamado movimiento de Independencia dista mucho de la realidad conoce cómo pasaron las cosas
Lo que nos venden en los textos de Historia de México sobre el llamado movimiento de Independencia dista mucho de la realidad. Lo que sus promotores buscaban desde 1808 era una autonomía fiscal de España, dominada entonces por las fuerzas francesas comandadas por el emperador Napoleón Bonaparte. Se buscaba que nos reconocieran la mayoría de edad como colonia española para administrar lo que se recaudaba, enviando los excedentes a la Madre Patria. El grito del cura Miguel Hidalgo y Costilla, aquella madrugada del 16 de septiembre de 1910 confirmaba esta tesis. La inclusión de “¡Viva Fernando Séptimo!” en las arengas que llamaban a la insurrección, no era precisamente un llamado a la Independencia. Pero el movimiento fue gestándose en los claustros religiosos –Universidades, seminarios, conventos- hasta donde llegaban con facilidad los libros con las teorías de la llamada Ilustración o el Iluminismo que despertó en casi todo el occidente a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Por eso la semilla de la Independencia es abonada por dos sacerdotes –Miguel Hidalgo y José María Morelos- quienes articularon con caudillos como Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jimenez, Mariano Abasolo y la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, la gesta que emancipó a México de España. Por eso al consumarse la Independencia, el primer gobierno autónomo propició una alianza con la Iglesia. Porque sabían que la fuerza de la fe jugaría un papel crucial en el naciente México, a partir de la revuelta de 1810. Ese primer matrimonio entre el Estado Mexicano y la Iglesia dio paso a los incipientes gobiernos que cedieron poder político y económico casi ilimitado a las sotanas y a los hábitos. No existía en la primera mitad del siglo XIX institución mas poderosa en México que la Iglesia Católica, omnipresente mas allá del púlpito. Ocupando con su mano oculta los confesionarios del poder político y económico. Algunas de las grandes fortunas, de las grandes haciendas, acabaron heredadas por un clero católico, apostólico y Romano, que acumuló exultantes riquezas y con ello un poder descomunal. Pero en la política aplican también las leyes naturales de la física. Y a toda acción le corresponde una reacción, igual y opuesta. Y a la opulencia económica y de poder de la Iglesia se le confrontó entonces la causa de la Reforma, un movimiento abanderado por el liberal Benito Juárez, proclamando la separación de la Iglesia y el Estado. Era el fin de un matrimonio hecho en el cielo para crearle su paraíso a unos cuantos elegidos, pero que jamás sacó de su infierno a los millones de miserables y desposeídos. Pero en medio de la promoción de ese primer gran divorcio, confrontamos dos intervenciones al territorio mexicano. La intervención francesa, que acabó imponiendo a Maximiliano como el primer Emperador de México y la norteamericana que acabó cediendo la mitad de nuestro territorio a los Estados Unidos. Por eso la urgencia de que tras el divorcio con la Iglesia, el nuevo matrimonio se consumara entre el Estado y los Militares. Porque para entonces la prioridad era la defensa de aquel extraño enemigo, francés o norteamericano, que profanaba con sus plantas el suelo mexicano. Y el caudillo propicio para apuntalar ese segundo matrimonio era un militar que heroicamente combatió en la Batalla de Puebla, en la que las fuerzas francesas fueron derrotadas por las mexicanas. Fue así como el General Porfirio Díaz consumó con su ascenso a la presidencia en 1876 los esponsales del nuevo matrimonio. Las armas, y no la fe, serían el nuevo baluarte para defender a la Patria. El primer divorcio con el clero estaba sellado. El nuevo matrimonio entre el Estado y los militares asumía la defensa  de la Nación.