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27 de Junio del 2018

Cuarto divorcio:
Crisis sobre crisis

La profunda crisis económica en la que Luis Echeverría sumió a México en 1976 abrió por primera vez la posibilidad de que el PRI saliera de Los Pinos
La profunda crisis económica en la que Luis Echeverría sumió a México en 1976 abrió por primera vez la posibilidad de que el PRI saliera de Los Pinos. El Partido Acción Nacional tenía entonces en la dupla de Efraín González Morfín y Luis Calderón –el padre de Felipe Calderón- la posibilidad de desafiarle al PRI la elección presidencial. Pero los agraviados empresarios del llamado Grupo Monterrey, en luto por el asesinato de su líder Eugenio Garza Sada, decidieron participar en política y asumieron desde sus chequeras el control del PAN. Promovieron entonces la candidatura de Pablo Emilio Madero, un ejecutivo del Grupo Vitro, sobrino de Francisco I. Madero, a quien impulsaron como su candidato presidencial, destronando a González Morfín. Pero José López Portillo, el candidato oficial, no se cruzó de brazos ante la seria amenaza de convertirse en el primer priista en perder una elección presidencial. Cercano a los empresarios regiomontanos desde sus días como director de la CFE y como Secretario de Hacienda, López Portillo se sentó con los capitanes de empresa de Monterrey para pactar. “Yo no soy Echeverría. Denme una oportunidad”, les dijo. Coincidencia o no, el candidato panista Pablo Emilio Madero se retiró de la contienda y en 1976 se vivió en México la única elección con solo un candidato, el del PRI. El favor fue ampliamente compensado. Tan pronto asumió la presidencia, López Portillo enfiló a Monterrey para firmar con sus empresarios la llamada Alianza para la Producción. El péndulo se desplazaba a la derecha. Y el gobierno lópez-portillista convertía a Bernardo Garza Sada, presidente del Grupo Alfa, y a Eugenio Garza Lagüera, presidente del Grupo Visa, en dos estandartes empresariales de la nueva pujanza nacional. Y si el mantra económico hasta los días de Echeverría fue el dólar, con López Portillo la paridad ya era lo de menos. El nuevo fetiche económico sería el petróleo. El boom energético mundial que elevó los precios del barril de crudo de siete a treinta dólares instaló a México en el mapa global de los grandes productores de petróleo. Y un eufórico, petrolizado y frívolo López Portillo, convertido en un nuevo jeque occidental, hizo un llamado a los mexicanos: “Tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia”. Pero la euforia se desbordó. Y el crudo que todavía no se extraía del subsuelo fue hipotecado con grandes préstamos en dólares, buscando salir a flote de la debacle económica con la que terminamos el sexenio de Echeverría. Las grandes corporaciones mexicanas, con Alfa y Visa en la proa, compraron el espejismo de esa abundancia. Y al igual que el gobierno se endeudaron para crecer desaforadamente. Pero la crisis petrolera de 1981 reinstaló a México en el abismo económico, con una deuda nacional –pública y privada- fuera de control. La salida fácil fue la estatización de la Banca y el quiebre de la promesa lopez-portillista de que defendería el Peso “como un perro”. México volvió al sendero de la crisis. El péndulo político debía transitar a la izquierda, pero la profunda recesión obligó a la selección de un técnico, centrista y ortodoxo llamado Miguel de la Madrid. Bajo su gobierno se creó el cuarto matrimonio del Estado mexicano, ahora con el llamado Sector Social. Era una entelequia constitucional en la que se pretendía aglutinar a todos los movimientos sindicales para respaldar –en ausencia de los hombres del capital- las políticas públicas sin credibilidad. De la Madrid fue el responsable de suplantar el fetiche petrolero por un nuevo mantra económico: la salvación de México estaría ahora no en el dólar ni el petróleo, sino en la bursatilización de sus empresas. El nuevo Dios financiero, glorificado en el templo de la Bolsa Mexicana de Valores, abrió paso a una nueva elite financiera apuntalada desde entonces por dos nombres: Carlos Slim Helú y Roberto Hernández. La especulación derrocaba a la producción como instrumento para acumular capital. Ahora serían el boom bursátil lo que nos sacaría de la profunda crisis. Pero al igual que sucedió con el petróleo en 1981, el mundo nos volvió a fallar. Y el crack bursátil mundial de 1987 nos regresó a la brutal realidad. El incipiente concubinato entre el Estado y el sector social, pactado en una enmienda constitucional, jamás llegó al altar. Y el cuarto divorcio se dio, sin haberse consumado siquiera la luna de miel.