domingo 23 abril 2017
Que alguien me explique

PRI: el beneficio de la duda

Salen al paso los críticos del PRI, desde adentro del PRI para reclamar la injusticia de comparar a Enrique Ochoa Reza con Luis Donaldo Colosio

POR Ramón Alberto Garza

Miércoles 13 julio 2016

Salen al paso los críticos del PRI, desde adentro del PRI, para reclamar la injusticia de comparar a Enrique Ochoa Reza con Luis Donaldo Colosio.

Perdón, pero la comparación no es con el candidato presidencial que venía conquistando con su personalidad y su discurso las simpatías de un electorado desilusionado de la política.

La comparación es con el Colosio de 1988, cuando fue “electo” presidente nacional del PRI en los albores del sexenio de Carlos Salinas de Gortari.

Al momento de su designación, Colosio apenas venía de una elección de diputado federal en 1985 y de otra para senador en la de 1988. Nada mas.

 

Olvidan los desmemoriados, muchos de ellos sobrevivientes de aquellos días, que los mismos cuestionamientos se le hicieron a aquel joven sonorense que reemplazó a Jorge de la Vega Domínguez, un Manlio Fabio Beltrones de aquellos tiempos.

Y que el golpe de timón que en su momento operó Carlos Salinas, obedeció a la misma razón por la que hoy Enrique Peña Nieto pretende hacer lo mismo.

En la elección de 1988, tras la escisión de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, el PRI alcanzó su peor votación en una presidencial. Apenas 9.6 millones de votos para Salinas contra 16.7 millones de votos en la anterior de Miguel de la Madrid.

Salinas buscó un presidente del PRI confiable, que no tuviera vínculos con la nomenclatura política que intentó impedirle que llegara al poder.

 

Y optó por el joven Colosio, quien le redituó buenos frutos, aún con las primeras derrotas estatales en Baja California Norte y Guanajuato.

Esa es la misma apuesta que hoy hace Peña Nieto con Enrique Ochoa. Frente a la respuesta de un electorado harto de una clase política que no se renueva, el único camino parece el de apostar por uno de los suyos, por una cara fresca que sea escuchada por el nuevo discurso y los nuevos planteamientos.

El PAN hizo lo propio en su momento, cuando el liderazgo de Gustavo Madero acabó enredado en los arreglos y componendas de las mafias estatales panistas.

Y la llegada del joven Ricardo Anaya vino a revitalizar a un partido dormido, aletargado, que hoy se reinstala al parejo, no con el PRI sino con Morena, rumbo a la contienda presidencial.

 

Pero para Peña Nieto existe algo más estratégico que hay que esquivar antes de la elección presidencial. Y eso es la elección de su natal Estado de México.

Si el presidente en funciones, con la mas baja aprobación en la historia de México, no saca adelante su entidad a favor del PRI, perderá toda posibilidad de influir en el candidato presidencial de su partido.

Y ese golpe de facto propiciaría que la llamada nomenclatura tradicional del PRI impusiera, por la buena o por la mala, desde adentro o por escisión –como en 1987- a su candidato presidencial.

¿Puede Peña Nieto evitar convertirse en otro Miguel de la Madrid, al que el PRI se le fue de las manos cuando era presidido por el experimentado y mítico Jorge de la Vega?

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Ramón Alberto Garza

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