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22 de Noviembre del 2017

La Revolución que urge (II)

Es una revolución nada silenciosa que se manifiesta ya a gritos en millones disparos de 140 caracteres, que ametrallan sin censura la conciencia nacional
La nueva Revolución Mexicana ya está en su gestación final. Se asoma en el descontento social acumulado a lo largo de ocho sexenios sin un exitoso destino. Es una revolución nada silenciosa que se manifiesta ya a gritos en millones disparos de 140 caracteres, que ametrallan sin censura la conciencia nacional a través las redes sociales. El sistema político que emergió de la Revolución de 1910, el que gestó al PRI, entró en coma hace 50 años y colapsó hace 15 años con la fallida transición azul. Pero nos negamos a sepultarlo. Y la fetidez de ese cadáver irrita cada día mas el alma de la nación. Por eso la urgencia de un nuevo líder. Progresista o independiente, populista o producto de un frente amplio. Lo que sea que libere a los mexicanos de una continuidad con disfraz de alternancia que se conforma con salvar como un alcohólico anónimo -un sexenio a la vez- los privilegios de sus embriagadas élites. Por eso quien intente ser el nuevo Madero, Carranza, Zapata o Villa, deberá entender que la nueva y urgente revolución será producto de un quiebre absoluto del modelo. Pacífico, no violento, pero al final del día, será un quiebre sacudidor. Será ese cambio que se finque en la aniquilación en fast track del sistema que creó el binomio corrupción-impunidad y que saqueó por igual al pobre, al clase mediero o al rico. Un corte de raíz para restablecer el Estado de Derecho perdido. Será un sacudimiento que deberá recuperar las cruciales instituciones perdidas, corrompidas por su politizado  reparto que las inmoviliza, para devolverle a México un sistema de pesas y balanzas que llame a cuentas a todos por igual. Será una revolución que coloque como prioridad la recuperación de la perdida riqueza nacional, ayer facturada al mejor impostor, y siempre bajo el paraguas de la apertura y de la globalización. Un cisma indispensable que le restituya a sus ciudadanos la tranquilidad secuestrada por la venta del territorio nacional escriturado a por los modernos Santana, no a los Estados Unidos, sino a las distintas tribus del crimen organizado. Aquel que encienda la llama de la esperanza por recuperar esa movilidad social perdida, esa posibilidad de prosperar con base en el estudio o el trabajo esforzado, tendrá el favor del voto que lo instale como el líder de la nueva nación. La nueva Revolución Mexicana que está por despuntar en un nuevo amanecer implicará por alguno años sangre, sudor y lágrimas, como algún día con honestidad les anunció Winston Churchil a sus compatriotas ingleses al concluir la Segunda Guerra Mundial. Pero nunca será más sangre que la que ya se derramó en los últimos dos sexenios que produjeron cientos de miles mexicanos miserables, de compatriotas abatidos por homicidio o desaparecidos sin razón… Jamás será mas sudor que el que se produce con un trabajo mal remunerado, que exporta miseria de un salario diez veces menor que cabalga a lomo de la apertura comercial… Y sin duda serán menos lágrimas que aquellas derramadas por quienes, a pesar de todos sus esfuerzos, ven inalcanzable la posibilidad de prosperar. Si no leemos que el hartazgo social ya alcanzó su límite y que la única posibilidad de un cambio es inducirlo, guiarlo, y consumarlo, la nueva Revolución acabará como aquella de 1910, en el campo de batalla, solo que ahora será urbano.