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La renuncia de Margarita

Como candidata independiente, Margarita Zavala será la única de su género en la boleta presidencial y esa influencia se eleva en una nación cansada de los políticos hombres
Cuando en el futuro se escriba la historia de la elección presidencial del 2018, sin duda que el factor Margarita Zavala será clave para entender sus resultados. Ricardo Anaya calculó mal los efectos de la renuncia al PAN de la mujer que hasta ahora ha tenido el mayor respeto y una gran trayectoria en la historia de ese partido. Tanto que la buena imagen de Margarita, reflejada en la mayoría de las encuestas, sobrevive por mérito propio al escollo de haber sido la primera dama de un muy cuestionado presidente como Felipe Calderón. Porque convertida en candidata independiente, Margarita será la única de su género en la boleta presidencial. Y vaya que ese factor cuenta en un electorado mayoritariamente femenino, que influye sensiblemente en la otra mitad masculina. Más aún, esa influencia se eleva en una nación cansada de los políticos hombres, que pintados de tricolores, azules o amarillos, aparecen cortados por la misma tijera de la incapacidad, el cinismo, la corrupción y la impunidad. A eso habría que sumar el efecto boomerang de la elección de Donald Trump, que si bien en principio lesionó a Margarita por la derrota de Hillary Clinton, el tiempo se ha encargado de recordar que sin duda la ex primera dama norteamericana habría sido una mejor opción. Bono para Margarita. Por eso decimos que el camino como candidata independiente luce despejado para Margarita. Porque salvada la colecta de las 900 mil firmas indispensables, su rol será crucial y definitorio en el resultado final. Si a uno o dos meses de oficializarse su candidatura independiente, Margarita despierta las suficientes pasiones del electorado, puede irse sola hasta el final. Y si por cualquier motivo no alcanzan las simpatías frente a cualquiera de los adversarios, Margarita siempre tendrá la prerrogativa de sumar su enorme capital político para lograr, en bloque con otros, la necesaria victoria. Con ella al frente o sumada estratégicamente a otra causa. Sobre todo si el candidato del PRI es un hombre como José Antonio Meade, quien ahora despacha en cancha tricolor pero ya antes vistió el uniforme azul calderonista y coexistió con Margarita dentro del círculo más íntimo. Pero lo que de verdad hay que analizar es la coincidencia de que las grandes fracturas azules suelen venir acompañadas de acuerdos grandes en las cúpulas del poder. Político y económico. Y para quien no lo recuerde, sucedió en 1976, cuando después del fracaso de Luis Echeverría y con la mesa puesta para ganar, el PAN y Pablo Emilio Madero acabaron por dejar solo al priista José López Portillo. El sobrino nieto del prócer de la Revolución acabó renunciando al partido. Ya como candidato único, López Portillo pactó la Alianza para la Producción con las cúpulas empresariales de Monterrey. Vinieron los días de administrar la abundancia para las corporaciones regiomontanas, que acabaron el sexenio quebradas. En este quiebre, al margen de los designios de Anaya, Margarita está pagando platos rotos ajenos. Son los acuerdos de Vicente Fox y Felipe Calderón con el PRI para sacar adelante el 2006 y el 2012 e impedir la victoria de Andrés Manuel López Obrador. Hoy la historia vuelve al origen, con la diferencia de que si antes las alianzas eran viables solo entre el PRI y el PAN, ahora entra lo que resta del PRD. Y eso les puede dar la diferencia. Por lo pronto es obligado ver como se reacomodan las fichas hacia el interior del PAN con la sacudidora renuncia de Margarita. ¿Se va Anaya solo, por la libre? ¿Se mantiene vivo, aunque sea decorativo, Rafael Moreno Valle? ¿O entrará Luis Ernesto Derbez como sensato y respetado tercero en discordia? Veremos.