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En defensa de Peña

Leída fríamente la primera llamada telefónica entre Donald Trump y Enrique Peña Nieto, exhibe dos niveles muy distintos de interlocutores
Mucha tinta, bits, bytes y pixeles corren desde que el jueves pasado The Washington Post reveló el contenido la primera llamada telefónica entre Donald Trump y Enrique Peña Nieto. La mayoría de las opiniones cuestionan el rol aparentemente sumiso que el presidente de México tomó frente a los planteamientos del mandatario norteamericano. Leído fríamente, sin apasionamientos ni actitudes partidistas, hay que separar las simples palabras del contexto y las circunstancias en la que esa llamada se dio. Y a partir de ahí hacer el análisis. Primero, es curioso que la filtración de esa llamada se da precisamente a unos días de que el gobierno mexicano desmintiera la afirmación de Trump, de que Peña Nieto le habría llamado para felicitarlo por los avances de su política migratoria. Con ello el gobierno mexicano evidenció a Trump como un mentiroso. ¿Sería la filtración de aquella primera llamada un acto revanchista de la Casa Blanca hacia el gobierno mexicano que dejó en claro, una vez más, la vocación de mitómano del controvertido mandatario norteamericano? Existe, empero, otra tesis que sospecha que el contenido de esa llamada fue filtrado por algunos políticos que al ser expulsados del circulo íntimo de la Casa Blanca, dolidos dejaron correr los detalles de esa conversación para poner en mal a su exjefe. Sólo así puede explicarse que uno de los epicentros de la llamada sea la petición de Trump a Peña Nieto de que ya no declare ante la prensa que México no va a pagar el muro. Se queja de que eso lo descobija políticamente y lo hace ver mal. El hecho exhibe al mandatario norteamericano no sólo como mitómano, sino como un megalómano y ególatra, preocupado más por verse bien y por tener la razón,  antes que hacer una política de estado en beneficio de su pueblo. Lo que Trump quiso decir en la controvertida llamada es: “Ya sé que no vas a pagar el muro Enrique, pero ya no lo digas, porque me dejas mal parado”. Y en el colmo del comadreo político, el mandatario norteamericano tiene la osadía de seducir a Peña Nieto con la promesa de que quiere que los mexicanos adoren tanto a su presidente, que hasta le pidan que se reelija por seis años más. ¡Qué ingenuidad la de Trump! Segundo, le cuestionan a Peña Nieto el que no haya sido más contundente para defender ante Trump al Ejército y la Marina de nuestro país en sus acciones contra el narcotráfico. Si se lee bien, mientras que el presidente norteamericano pretende decir que sus militares son ángeles bajados del cielo, Peña Nieto le hace ver que la crisis de las drogas no está en México sino también allá donde las consumen por toneladas. Y diplomáticamente el mexicano le deja correr esa crítica con suprema elegancia. Y así se podría analizar cada párrafo de la llamada filtrada, pero lo que se trasluce en ella es que existen dos niveles muy distintos de interlocutores. Por un lado un fanfarrón superficial y mentiroso que rompe todos los protocolos, hablando con su homólogo mexicano como si fuera su empleado. Y por el otro el de un presidente Peña Nieto que sabiendo que está pisando territorio minado por las neuronas desorbitadas de Trump, decide asumir su rol diplomático de limitarse a plantear y responder sin altibajos. Pretender que el inquilino de Los Pinos se fajara verbalmente con el de la Casa Blanca, sería tanto como pretender ser lo que hoy ya es Trump: un mal chiste de la historia.