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11 de Diciembre del 2017

Anaya, el Plan B

Para unos, Ricardo Anaya es el "Joven Maravilla", mientras para otros es el Plan B de un gobierno que tiene una meta: impedir que AMLO llegue a la presidencia
El panista Ricardo Anaya será el candidato presidencial de Por México Al Frente. En el sprint final dejó atrás a su más poderoso rival, Miguel Ángel Mancera. Con 38 de edad, el queretano será históricamente el más joven de los aspirantes a Los Pinos, en un hecho solo comparable a las candidaturas de Carlos Salinas de Gortari y a la de Lázaro Cárdenas, quienes fueron postulados a los 39 años. Para algunos, es el llamado Joven Maravilla, por sus habilidades para adueñarse a tan corta edad del liderazgo del PAN –“haiga sido como haiga sido”- y por desafiar los intereses históricos del partido. Lo instalan como un político astuto, natural, con instinto. Para otros, empero, Ricardo Anaya es el Plan B de un gobierno que de la mano del sistema solo tiene una meta para el 2018: que Andrés Manuel López Obrador no se siente en la Silla del Águila. Para nadie es un secreto que en la complicada recta final que presagiaba el quiebre del frente político integrado por el PAN, el PRD y el Movimiento Ciudadano, Anaya contó con el empujón definitivo desde Los Pinos. Al final del día alguien convenció al presidente Enrique Peña Nieto de habilitar al Joven Maravilla como la mejor alternativa política al Proyecto Meade. Y se operó lo necesario para hacer a un lado a Mancera. Pero para concretar una operación política de estos alcances, no basta pactar con un candidato a quien, dicho sea de paso, le corren la fama pública de darle la espalda a aquellos que lo encumbraron en el poder. Para decidirse por Anaya, quien lo apadrinó debe tener mecanismos de control que conviertan al panista en un instrumento sencillo de controlar o fácil de descarrilar. Son hechos o circunstancias patrimoniales o de vida personal que se convierten de facto en detonadores para encarrilar o descarrilar una candidatura, si se sale de control. Cuando en el 2000 Ernesto Zedillo operó su sucesión, y ante el temor de que sus adversarios políticos lo persiguieran al dejar la presidencia, el entonces inquilino de Los Pinos pactó la alternancia con el panismo y con Vicente Fox. Y en el 2006, con la traición de Roberto Madrazo a cuestas, Elba Esther Gordillo y los gobernadores del TUCOM articularon desde su PRI la victoria de Felipe Calderón, a condición de que en 2012 le devolvieran al PRI las llaves de Los Pinos. Seis años mas tarde, en 2018, los escenarios no son distintos. Meade es el proyecto político de la continuidad tecnócrata y ortodoxa. Pero frente a la eventualidad de un desacierto del candidato priista –político o de salud- el Plan B es obligado. Y el sistema ya votó porque esa alternativa sea Ricardo Anaya. La tecnocracia priista abanderada por Carlos Salinas de Gortari lo entendió muy tarde cuando en 1994 la llamada Nomenklatura del viejo PRI asesinó al candidato Luis Donaldo Colosio. No existía un Plan B y se improvisó a Zedillo como el relevo que terminó sacando al PRI de Los Pinos. Nunca más. Si por la razón que sea la continuidad con Meade se vuelve imposible, el arropamiento del sistema para Anaya será inevitable. Lo que sea será mejor antes que dejar que en su tercera oportunidad, López Obrador se convierta en el desafiante presidente de un México intranquilo. Para eso Anaya ya está habilitado.