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06 de Septiembre del 2017

Abel es Caín

La promesa del pacto entre Abel Guerra y Jaime Rodríguez "El Bronco" es que después del gobierno independiente, el PRI tendría la oportunidad de volver a la gubernatura
EL ascenso de Pedro Pablo Treviño como nuevo líder del PRI en Nuevo León es un espejo en donde se debe mirar ese partido en el escenario nacional rumbo al 2018. Es la emergencia de una nueva generación que busca el rescate de la institución desprestigada, a la baja, confrontando a una vieja clase política que perdió su oportunidad, pero que se resiste a aceptar el cambio. Lo que sucedió en Nuevo León con el enfrentamiento entre dos bandos cetemistas no fue casual. Fue un abierto sabotaje a la renovación de los cuadros del PRI, orquestada desde el palacio en donde despacha Jaime “El Bronco” Rodríguez. Y para consumar ese intento de enlodar la renovación, el devaluado gobernador independiente recurrió a su secretario de Gobierno, Manuel González y a su amigo, socio y cómplice histórico, el priista Abel Guerra. A El Bronco le rompía su juego político el cambio en el PRI nuevoleonés. Hasta ahora vivía una luna de miel con un PRI local sin la suficiente crítica hacia su cuestionado gobierno. Pero lo que al gobernador independiente mas le importaba era tener a un Congreso local, mayoritariamente priista, sometido a sus caprichos. Y eso incluiría en un futuro inmediato decidir a quien dejarle la silla, cuando El Bronco pidiera licencia para irse a buscar la candidatura presidencial independiente. Por eso a Jaime Rodríguez le importaba, y mucho, el relevo del PRI. Y por eso alentó la lucha de su amigo Abel Guerra contra el líder de la CTM Ismael Flores. Mentira que El Bronco y Abel rompieran su viejo pacto de complicidades con Abel. El distanciamiento era solo una fachada para darle libertad el ex alcalde de Escobedo para transformarse en lo que se convirtió: en el porro del gobernador independiente. La promesa de ese pacto es que si después del gobierno independiente, el PRI tendría la oportunidad de volver a la gubernatura, El Bronco alentaría que fuera de la mano de Clara Luz Flores, esposa de su socio Abel y actual alcaldesa priista de Escobedo. Y sobre ese juego de complicidades hay que analizar la batalla campal de sillas en el recinto de la toma de posesión de Pedro Pablo Treviño y Lorena de la Garza. Y bajo esa lupa hay que ver la perversidad de Manuel González para enviar a su policía estatal para acordonar la sede en seis cuadras a la redonda del centro de Monterrey. Su intención era encender la indignación de los automovilistas regios contra el PRI. Fue la misma policía de Manuel González la que impidió la entrada de los invitados a la toma de posesión, diciéndoles que los cetemistas que llegaron temprano boicotearon el evento. Por eso se evidencia la existencia de un traidor. Un Cain que tomó la quijada del burro, para golpearla contra el cráneo de su hermano en un intento por matarlo. Y Abel Guerra fue ese Caín. Y a quien lo dude, que revise el último diálogo de la noche entre Clara Luz Flores, la esposa de Abel, y el alcalde de Monterrey, Adrián de la Garza: “¿A qué horas me vas a soltar a mi gente?” La confesión de Clara era muy clara. Los vándalos a sueldo que reventaron el evento priista, eran de ella y de su marido. Si eso pasa en Nuevo León con una simple transición de dirigencias, imaginen las sillas que volarán cuando se confronten los bandos de Osorio y Videgaray para definir al abanderado tricolor para la presidencial 2018. ¿Quien será el Caín?